PAUL ARAGON LEYTON

FOTOGRAFIA DOCUMENTAL
June 2, 2008

 

Largo viaje del día hacia la noche

TEXTO María Montero  FOTOGRAFIAS Paúl Aragón Leytón

En Costa Rica, más de 115.000 adultos estudiande noche. Excluidos del día, algunos aprendena leer mientras otros luchan con la trigonometríade bachillerato. Este es un retratohablado de aquellos a quienes está dedicado el artículo 83 de nuestra Constitución Política.

 

Es inexplicable la velocidad que el pequeño Abner Alonso desarrolla en las curvas: tiene apenas 10 meses y mide, cuando mucho, 70 centímetros. Con el Salón de Actos para él solo, Abner es un bólido lactante que desafía todo a su paso, empezando por las leyes de la anatomía: su cuerpo es tan diminuto que corre con los pies, ni siquiera con las piernas. En sentido estricto, podría decirse que mientras su mamá termina el colegio, Abner hace carrera.

Socorro Gutiérrez López, de 38 años, se separa de Abner solo cuando llueve, según cuenta. Si no, se lo trae con ella al colegio, en un cochecito que conduce Gabriela, su otra hija de 11 años. Caminan unas pocas cuadras desde Barrio Claret hasta Barrio México, pero no siempre pueden andar juntos, porque el invierno no perdona y el marido de Socorro, tampoco. “Si es para ir ahí, yo no te lo cuido”, dice que le dice. Entonces la niña, que está en quinto grado, se queda en casa con el bebé mientras la madre saca las materias de sétimo.

Se supone que otras mil personas acuden todas las noches al corazón de Barrio México, más o menos a lo mismo. La razón es sencilla pero complicada: ahí está la Escuela Nocturna y Centro Integrado de Educación para Jóvenes y Adultos (Cindea) Alberto Manuel Brenes, que de día tiene un nombre más popular: Escuela República Argentina.

 

Según las listas oficiales, esta escuela y Cindea debería tener una población de mil estudiantes, pero según la exhaustiva verificación in situ que Rosa Cantillo Badilla hace todas las noches por aulas y pasillos, en el agotador ejercicio de su papel como directora de la institución, solamente tienen 596 estudiantes activos.

“Matriculados hay más de mil, pero gracias a Dios no vienen todos. Estoy sola”, confirma Rosa, sofocando la seriedad con una carcajada que casi siempre se ahoga en su garganta.

“Aquí no viene ni el diablo”.

 

Lo legal

Dice la ley costarricense que cualquier persona que viva en este país tiene derecho a la educación. “La educación general básica es obligatoria, esta, la preescolar y la educación diversificada son gratuitas y costeadas por la Nación”, reza el artículo 78 de la Constitución Política de Costa Rica .

La educación de adultos, conocida popularmente como educación nocturna, es una ampliación consecuente con ese derecho fundamental, y también goza de un artículo propio, el 83: “El Estado patrocinará y organizará la Educación de Adultos destinada a combatir el analfabetismo y a proporcionar oportunidad cultural a aquellos que deseen mejorar su condición intelectual, social y económica”.

Para formalizar este proceso educativo truncado, ya sea a nivel escolar o colegial, el Estado costarricense dispone de una complicada trama de ofertas diferentes que, en definitiva, varían solo en su forma.

No es un asunto de contenidos sino de administración, pues el estudiante no decide qué sino cómo. También decide cuándo, aunque la decisión le tome años. Tarde o temprano, si quiere graduarse de bachiller, tiene que cumplir con lo que manda el Ministerio de Educación Pública.

“Porque tenemos necesidades diferentes es que hay programas diferentes”, explica Silvia Guevara, asesora nacional del Departamento de Educación de Personas Jóvenes y Adultas del MEP. “El docente pone la metodología y su personalidad pero los contenidos y los objetivos ya están dados por el MEP. El programa es unificado. Supuestamente, todos los estudiantes de este país tienen los mismos objetivos y los mismos contenidos que desarrollar, solo que en el caso de la Educación de Adultos, la metodología, el proceso y la mediación pedagógica son diferentes”.

Según la directora de este departamento especializado, Marielos Alvarado, en Costa Rica hay más de 115.000 personas matriculadas en alguno de los programas que ofrece su despacho.

Al 2007, los Centros Integrados de Educación para Jóvenes y Adultos (Cindea) de todo el país acogían a 23.461 alumnos; los Institutos Profesionales de Educación Comunitaria (IPEC), a 13.391; el Sistema de Educación Abierta, a 27.725 estudiantes; la Modalidad Académica Nocturna, a 37.442; el modelo Nuevas Oportunidades tenía 12.588 estudiantes y el sistema de educación Primaria Nocturna contaba con 426 alumnos.

Lógicamente, para que el mensaje de estos números se torne verdadero, hay que hacer una suma y después una traducción. Pero ese es el problema de las cifras: quienes las usan casi nunca pasan de la suma.

En realidad, se trata de 115.033 personas dispersas por todo el territorio que, por alguna razón, abandonaron la educación formal diurna (“creo que más que por la oferta, ellos desertan por sus realidades de vida”, dice la asesora nacional) y actualmente están tratando de ponerse al día, no solo con el estudio sino con la vida: 115.033 historias que merecen ser contadas, aunque sea humanamente imposible.

La jefa

Rosa es así: prefiere mil veces cualquier canción de Pink Floyd o Iron Maiden que el reggaetón abigarrado que oyen sus pupilos. Cuando se pone exquisita, menciona a Alice Cooper, Led Zeppelin, Poison… pero está segura de que aunque ella sea la directora de la institución, muy pocos de los que la rodean llegan a asimilar su gusto musical.

Estar al tanto de la retaguardia más dura del rock , el glam y el heavy metal es parte del entrenamiento de Rosa para sobrevivir donde le toca. Con 26 años de vivir en Barrio México y 17 de trabajar en la Alberto Manuel Brenes (nueve como maestra; ocho como directora) esto es algo que la mantiene, para empezar, actualizada y despierta.

“Cuando viene un estudiante nuevo le digo Bienvenido a mi pesadilla ”, dice Rosa, y vuelve a tragarse la risa que se le escapa como si fuera un brindis. Por ella, por los muchachos y hasta por el viejo Alice, que en 1975 compuso Welcome to my nightmare .

Las piedras

Como casi todas las cosas que hay en este mundo, el edificio de la Alberto Manuel Brenes tiene dos caras: una para el día y otra para la noche. Sin embargo, independientemente de la hora, su esplendor arquitectónico se debe al genio autodidacta de José María Barrantes, mientras que su magistral deterioro tiene múltiples autores poco geniales y es, en definitiva, una suma de factores presupuestarios, climáticos, humanos, públicos…

Al mejor estilo del realismo mágico y sus paraísos perdidos en la ciénaga, el impresionante edificio goza de un solemne esplendor tropical, con pisos de colores, altísimos techos, enorme patio central y todas las referencias necesarias para que, una vez en sus niveles inferiores, uno se sienta como el almirante de un elegante buque saqueado por la herrumbre tercermundista.

Desde el patio interno, especialmente de noche, la escuela ofrece un panorama idílico del barrio, y las cúpulas de la iglesia católica, ubicada en la acera de enfrente, se dibujan en el cielo como si fueran la sombra de Dios.

Todo eso lo supo Barrantes mucho antes que nosotros y por eso, este señor nacido en 1890, marcó el desarrollo de la infraestructura educativa del país en la primera mitad del siglo XX. Como arquitecto de la Secretaría de Fomento desde 1927 hasta su jubilación, a él se debe el 90% de las edificaciones oficiales. Por eso no extraña que, con más de 4.000 edificios en su bitácora, Barrantes también sea el padre de esta.

Construido en 1933 e inaugurado en 1935, durante la tercera administración de Ricardo Jiménez Oreamuno, el glorioso edificio educativo de Barrio México también tiene su propia historia. Sin embargo, de esta solo nos interesa una anotación del arquitecto e investigador Andrés Fernández, aparecida en su trabajo Barrio México Art-Decó (Un barrio josefino de 1930 a 1950) .

“En la paradojal Costa Rica de entonces, ya tan solo tardíamente liberal, fue posible que el entonces Secretario de Fomento o ministro de Obras Públicas, y luego también Presidente de la República (1936-1940), don León Cortés, mandase al arquitecto a colocar altorrelieves de los leones ‘de Castilla’ que él pretendía su heráldica, entre la decoración art-decó del nuevo plantel, ‘quizá el mejor del país’ ” –según reseñó el periódico La Prensa Libre – y que el dinámico funcionario aquel estaba por inaugurar junto al presidente Jiménez de modo solemne ( La Prensa Libre , 1935 / Diario de Costa Rica , 1935) … muy merecido por cierto”.

Un accidente

Yesenia Aburto Gutiérrez está esperando el resultado de una beca. Mientras tanto, no falta al colegio. Tiene 30 años y es estudiante de noveno: muy buena estudiante. También tiene una hija de 9 años y 17 operaciones en la pantorrilla izquierda. “Amputación supracondilia de miembro inferior izquierdo”, repite ella, con mucha paciencia.

Aunque vive en Barrio México, Yesenia necesita ¢20.000 al mes para pagar los taxis que la llevan hasta el colegio, que está relativamente cerca de su casa. Pero es que le cuesta caminar y apenas se está familiarizando con su nueva prótesis.

“Me ha costado un poco adaptarme, aunque un amputado puede hacer una vida totalmente normal”.

Tras la amputación que sufrió después de que un conductor ebrio la atropelló, el 25 de diciembre del 2003 (a los 26 años), quedó pensionada de por vida. Recibe una pensión de ¢100.000, que destina, en primer lugar, a pagar el alquiler de su casa. Lo demás es tratar de solventar todas las necesidades de ella y de su hija, que está en tercer grado.

A pesar de sus buenas notas, el año pasado lo perdió debido a una complicación derivada de su accidente: no podía movilizarse hasta el Cindea porque no tenía suficiente dinero.

Yesenia dejó el colegio cuando tenía 13 años. Iba para sétimo. “No lo supe aprovechar”, dice, aunque sabe lo que es el trabajo desde que cumplió 15.

Antes de volver al sistema educativo, esta vez nocturno, tuvo que invertir dos años para recuperarse del accidente.

“Ahora trato de aprovechar aún más la oportunidad de estudiar”, dice sinceramente feliz. “Para mí, estudiar es una motivación y no un sacrificio, aunque puede ser un sacrificio económico. Me gusta mucho trabajar y, en parte, me deprimí mucho cuando me dieron la pensión”.

¿Dejar de trabajar la deprimió más que la amputación?

“Yo genero mucho gasto”, dice. “Quiero saber que soy alguien en la vida. Quiero estudiar y sentirme útil”.

El aquí

En Costa Rica, además del Alberto Manuel Brenes, existen otros 21 Cindeas que atienden las necesidades educativas de unos 22.000 estudiantes más. Sin embargo, en este plantel también hay una escuela nocturna formal: un detalle poco común.

Según explica Rosa Cantillo, en el Cindea se trabaja por semestre (y se realizan cuatro exámenes al año) y cada módulo se compone de cierta cantidad de horas y cierto número de créditos. Para la nota final, a los estudiantes se les toma en cuenta la asistencia.

“La diferencia entre la educación diurna y la nocturna es el tipo de pedagogía que se debe usar”, dice la directora. “De día son niños y jóvenes que apenas se están haciendo. De noche ya están hechos: ya tienen criterio hasta para juzgar al profesor. Entonces se debe tener otro tipo de pedagogía, que es la andragógica, la que tiene que ver con toda la educación de jóvenes y adultos”.

El Cindea de la Alberto Manuel Brenes se inauguró en 1997. En esos años, la educación de adultos vivía una “luna de miel” con el Estado. Según explica la asesora nacional, Silvia Guevara, en la década de los 90 se crearon dos nuevos programas, los más recientes: Nuevas Oportunidades y el Plan Modular.

Para ella, además, hubo una mayor conciencia global de la necesidad de la llamada “educación para todos”.

El envejecimiento de las sociedades industrializadas y la urgente educación de las mujeres, como una herramienta para evitar la violencia, también activaron el tema en foros nacionales e internacionales.

“Costa Rica ha estado a la vanguardia en lo que es educación de adultos y somos nosotros quienes hemos importado el modelo a otros países”, comenta Guevara. “En España, el Plan Modular fue implantado después de que personas de este Departamento fueron allí y contaron nuestra experiencia”.

–Rosa, ¿usted cuándo se convirtió en directora?

–En febrero del año 2000 fui nombrada por Dios.

–Y el Ministerio, ¿cuándo intervino?

–El mismo día.

Ese año, de una población de 20 alumnos y 14 lecciones aprobadas, la escuela y Cindea Alberto Manuel Brenes pasó a tener 700 alumnos y más de 500 lecciones autorizadas por el MEP. Desde entonces, Rosa no se quedó sentada esperando que alguien viniera a darle las gracias.

Una noche

Yo no me estoy riendo . En la dirección no solo es imposible la privacidad, gracias a que las paredes interiores son de vidrio, sino que las jerarquías habituales (“Yo, directora; tú, estudiante”) también están en desuso. Rosa prefiere que los alumnos se familiaricen con sus métodos. “A mí que me digan Rosa. Ese es mi nombre”.

Es común que todo el mundo pase por su oficina, por cualquier motivo, en cualquier momento. Y es más común verla cuadrarse en su sillón: “Ahora sí, écheme el cuento, a ver”.

Rosa nunca está quieta y hay días en que uno podría confundirla con una locomotora. O con un tren descarrilado que en cada esquina encuentra un nuevo objetivo. Da órdenes, busca papeles, contesta el teléfono, programa una cita, hace un permiso, estampa un sello, reparte una lista, sale de su oficina, entra a un aula, baja escaleras, se come un taco. Solicita, aconseja, reparte, firma, corre, abre, cierra.

Una noche hay acto cívico. Rosa quiere que los estudiantes celebren la vida y obra del compositor costarricense Rafael Chaves, autor del Duelo de la Patria ; los 126 años desde que fue compuesta. El acto es a las 7:30 p. m. pero Rosa dura casi 30 minutos en esperar a la concurrencia, que se evade a pocos metros.

“Jale, meneando el esqueleto”. La directora se multiplica por los pasillos y su voz ataja a los rezagados. “Ustedes, ¿a dónde van? Nada. Vamos pero YA”. Su atención regresa al diálogo y hay que aprovechar antes de que se esfume. “Yo estoy en todas”, dice. “Si no vienen al colegio, me preocupo. Aunque estén viejos, yo los llamo a la casa. A mí me vale”.

“Gracias a Dios la promoción no es mala”, continúa. “El año pasado, eran 101 alumnos y se graduaron 24. Para mí, eso es un éxito garrafal, porque ellos nunca se pueden comparar con los del día, empezando porque el horario es diferente, vienen de trabajar, vienen cansados, vienen con hambre, son menos lecciones, cada uno ya viene con sus problemas sociales, económicos y familiares, y entonces no van a rendir igual”.

Rosa tiene 44 años y hace mucho rato que su perseverancia aprobó todos los exámenes: tiene dos hijos varones, de 26 y 24 años, y casi tres décadas de estar casada con el mismo señor.

En su trabajo, de lunes a sábado, es la primera en llegar y la última en irse. ¿Qué la detiene? ¿Y si le pasa algo? ¿Y si le da gripe? Ella no lo piensa mucho: “Yo nunca me enfermo”.

18 años

“Ricky Sanabria Méndez. Ricky, sí: así me puso mi mamá. Quién sabe en qué estaba pensando. El 9 de octubre cumplo los 19. Somos seis hermanos. Soy del medio. Mi mamá parece un conejo pero ya se los cortaron. La menor está como en cuarto o tercer grado. Estudio aquí desde carajillo. El señor que me engendró nunca quiso que yo estudiara de día, en un liceo, porque decía que yo era muy tremendo y que iba a ir a vagabundear. Sí quería que yo estudiara, pero cuando salí de sexto me metió a un instituto”.

“Hoy fui a trabajar. ¿No ve cómo ando? Estoy trabajando en una construcción pegando cedazos, pero hoy salí temprano porque tenía que ir al techo pero el techo es más grande que aquí, es como de 30 metros. Empezó a llover. Yo decía que llueva que llueva para irme temprano y empezó a llover, entonces nos vinimos. Pero mañana sí tengo que seguir. Son como 500 cedazos, de más de un metro de ancho. Es que están haciendo una construcción allá por La Guácima. Es una cosa muy grande. Van a hacer como una venta al por mayor de unos empresarios muy millonarios de aquí de Costa Rica. Solo el edificio donde yo estoy poniendo cedazos es más grande que la cancha de La Liga. Empecé hace poco. Yo no trabajo pero es que un amigo que estudia aquí me dijo que el patrón de él ocupaba un ayudante y le fui a hacer el favor. No trabajo porque todo el mundo lo quiere explotar a uno y quieren que me corte el pelo y yo no quiero. Ahí me voy salvando. Ahí se hace el business en la calle. Uno evoluciona. Con ese trabajo me ayudo y hay veces que me dicen que vaya a cargar un camión y cosillas así. Pero brete en algún lugar fijo, donde uno tiene que cortarse el pelo, no. Como si yo pensara con el pelo. Estas trenzas me las hizo una compañera. Me las hizo hace poco. Me duran como 15 días. Me lo zafo, me lo lavo y me lo vuelvo a trenzar.

“Nací en el 89, en Barrio México. El señor que me engendró nunca vivió conmigo. Yo me crié con mi abuela pero él y mi abuela se comunicaban. Ella era la mamá de mi mamá. Era mi esposa. Así le decía yo. Ya se murió. Ella fue mi amor. Es el amor de una mujer que no hace nada por interés sino por amor. Ella es mi esposa. Ella me regaló este anillo antes de morirse. Cuando cumplí 18 años, me dijo que me lo regalaba por si algún día ella llegaba a faltar, para que me acordara de ella. Yo lo veo como si fuera un anillo de matrimonio. Murió el 3 de febrero pasado. La extraño mucho. Me crié solo con ella. Mi mamá estaba haciendo su vida. Solo yo y mi hermana Mary nos quedamos con mi abuela. Con mi abuela aprendí todo. Lo que más recuerdo es la comida. Le gana a cualquiera cocinando. Ella trabajaba en fiestas, así como las de Zapote. Dios guarde: ella siempre me decía que estudiara pa’ que no fuera un burro, pa’ que no trabajara en construcción volando pico y pala. Ella dice que lo explotan a uno, si uno no estudia. No le quieren pagar a uno horas extras. Por eso es que no me gusta trabajar. La plata no cae del cielo. Desde hace tiempo tenía ganas de irme para España a estudiar administración de empresas, tal vez, para darle vuelta a la vida. Pero es que no es fácil. En España no le piden a uno visa y ahí se habla español. A mí me ha dado por ir a Japón pero ese idioma es muy difícil. Mucha plata hay ahí pero es muy difícil estudiar, qué va, se me termina de quemar el pobre cerebro. Y también Alemania, pero es muy difícil. Y a Brasil me da miedo porque después se me pega el sida… con semejante calentura. Estoy en quinto año. ¿Cuál es mi plan si yo llego a pasar? Rezarle a mi abuela”.

Los libros

“Dentro del sistema educativo como un todo, a la Educación de Adultos le corresponde un lugar relevante, no solo porque su existencia permite a un elevado número de costarricenses continuar con sus estudios, sino porque quienes a ella asisten, constituyen una gran parte de la población económicamente activa del país”, escribe la educadora Mercedes Moya Araya, en el ensayo Un vistazo a la educación de adultos , incluido en el libro Dimensiones de la educación en Costa Rica , publicado en el 2005 por el Centro de Estudios Democráticos de América Latina (Cedal) y la Fundación Friedrich Ebert.

La educadora destaca a los “adolescentes que han fracasado académicamente en los sistemas educativos diurnos” como sujetos diferenciados dentro de las versiones de adulto que se manejan actualmente.

“El fracaso escolar, ligado a las limitaciones económicas de muchos hogares costarricenses, hace que el número de estudiantes que ingresan a la Educación de Adultos sea cada vez más joven y, por lo tanto, requieren una propuesta que les ayude a insertarse al mundo laboral con una base académica que se convierta más en un estímulo que en un obstáculo”, advierte la educadora. “Este sistema debe proporcionar situaciones de evaluación diferentes en donde este alumno con problemas académicos se motive y pueda avanzar a su propio ritmo, no con adecuaciones curriculares que los haga cada vez más dependientes y menos esforzados, sino con sistemas que permitan a esta población aprender haciendo, repitiendo, dibujando, creando, etc. En donde encuentren una razón importante que ligue el estudio y el éxito de su vida futura y no ‘la trampa que me impide ser feliz’, o que ‘me impide encontrar trabajo’, etc.”.

Sin conocerlos, esta educadora está hablando, al menos, de cuatro personas: Olmer Zúñiga, de 21 años, quien hasta el otro día terminaba su jornada escolar a las 10 de la noche y se iba a su trabajo en el Mercado de Mayoreo; Fernando Morales, de 18, quien está cursando primer grado y trabaja en una imprenta; Geydi López, de 16, que algún día quiere convertirse en “abogada en arquitectura” y trabaja cuidando niños desde que tenía 6 años; y, por supuesto, Ricky Sanabria.

Así es la Rosa

La larga noche de la educación nocturna está poblada de estrellas fugaces: la deserción es el pan de cada día.

“Todo el que viene a la noche fue lo que no sirvió de día. Vienen con su montón de problemas y ahí es donde tenemos un gran desfase: aquí no contamos ni con psicólogo ni con nada para poder ayudarlos. Hay que ser adivino para saber cuándo vienen drogados y cuándo no, o si los papás se agarraron y esa noche no comieron o amanecieron donde el vecino por el pleito o, como muchos viven en la calle, tal vez no han comido en todo el día”, explica Rosa. “Desde el momento en que una persona de 20, 30 ó 40 años entra a una institución nocturna, y a primaria, es porque ahí ya hubo un problema social, económico, psicológico… Incluso muchos han intentado suicidarse porque no ganan un examen. He tenido gente que lleva más de diez años tratando de ganar una prueba”.

Según Rosa, el 90% de los estudiantes tienen algún problema de aprendizaje, pero las instituciones no cuentan con un equipo propio para detectarlos. Para hacer las adecuaciones curriculares, el Comité de Apoyo (Rosa, en este caso) debe llenar un formulario lleno de requisitos, en el cual, entre otras preguntas, se formula: ¿Cómo fue el embarazo? ¿Se conoce a sí mismo?

“No importa si es de Costa Rica, de otro país o de otro planeta”, dice Rosa. “Tenemos un compromiso con los estudiantes de la noche. Hay que ser humanista, no alcahueta. Aquí, el eje principal son ellos. Ayudarlos: eso es lo único que nos mueve”.


May 21, 2008

 

TEXTO María Montero/ FOTOS Paúl Aragón Leytón

Una entrada impenetrable; un viento helado. Varios mastodontes autistas reciben de pie. La noche sin luna de un sábado 8 de marzo. “Sí, sí, ¿a quién buscaban?”. El impulso se frena sobre las cinco estrellas de la alfombra. La rubia jefa de seguridad, detrás del mostrador, come y fuma. Arroz con pollo en un tarrito de margarina. Una colección de sirenas petrificadas en bajo relieve auspicia los usos y costumbres del lugar. Nuestra espera decora una escena multiplicada por espejos.

Al fondo se adivinan los salones vacíos bajo una luz eternamente azul. Un escalofrío de lucecitas rebota contra los tubos metálicos y salpica las pesadas cortinas de lamé. El espacio flota en el silencio de una música cualquiera y el escenario, más blanco cuanto más lejano, parece suspendido del cortinaje por dos alfileres gigantes. Un enjambre de meseros gasta los minutos previos a la jornada alrededor de una mesa sin tragos. Algunos pasan de largo y se pierden en los interminables senderos.

Atlantis, una enorme pecera grecorromana. Dos pisos de habitaciones forradas en tules y alfombras, baños, salones VIP, jacuzzis, pasillos, camerinos y oficinas. Todo es explícito pero todo acontece detrás de cerraduras. Hay cientos de puertas; millones de puertas. Entradas y salidas en cada rincón. Controles de seguridad en cada recinto. Vidrios polarizados de pared a pared. Más dramatismo que en un aeropuerto. El lugar podría rebautizarse. ¿Alterra Night Club?

La rubia jefa de seguridad habla por teléfono; luego autoriza. Después sonríe.

 

Silvia fue barbie hawaiana en una librería. “El pelo negro me llegaba hasta la cintura”. También fue Tío Chanchito en un parque de diversiones. “¿Sabías que todas las que trabajan ahí son mujeres?” Tiene dos hijos y un modo popular, algunos anillos plateados y un saco oscuro en el que ella misma cabe varias veces. Toma café negro en las madrugadas y, a veces, su colon inflamado la obliga a desabotonarse la pretina del pantalón. Hoy es jefa de seguridad en un night club. Y es rubia.

La única puerta vulnerable es la del camerino, porque no existe. Una cortina lateral de color impredecible, al pie del escenario, separa el cuarto de las strippers de las mullidas penumbras. Iluminado por una luz clínicamente muerta, el tocador consiste en dos hileras de asientos atravesados por un largo espejo que se eleva casi hasta el techo.

Decenas de casilleros rojos resguardan las pertenencias de uso cotidiano (perfumes, sprays, toallas húmedas, prendas volátiles), aunque algunas cargan con pequeñas valijas atestadas de cosas y tangas y plataformas descomunales los seis días de la semana, o los cinco, en casos muy contados. Esa noche, puede leerse en un extremo del espejo: Fichas se pagan. Sábado 8 de marzo 2008.

Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna. No hace frío pero la iluminación descarnada deja todo en carne viva. Cualquier maquillaje, por recargado y encubridor, luce como una herida expuesta antes de surcar el escenario.

Todas se miran mucho al espejo, cuando lo tienen delante e incluso cuando no. Son miradas clínicas. El espejo es un aliado incondicional: hace una lectura implacable de su apariencia, aunque sin duda más interesada que la que les espera detrás del telón. Cada una cuenta con varios vestuarios para su show pero, una vez en tierra firme, mezcladas con los clientes -sobre ellos, de ser posible- el uso del uniforme es obligatorio. El uniforme es de esas prendas que no se andan con rodeos; tan directo como el vestuario pero más corto.

Salvo los clientes, al camerino entra prácticamente cualquiera que trabaje allí. Un misceláneo sigue directo hasta el fondo, después de repartir besos innecesarios. En la batería de baños enmarmolados -otra vez sin puertas- hay dos inodoros, cuatro lavatorios, cuatro duchas y un bidé. Sobre este último, una de las muchachas satisface su necesidad de un támpax.

Alguien me dice que en total trabajan 26. En una pizarra acrílica está la agenda de la noche: una lista escrita a mano que no llega a doce nombres que parecen sacados del santoral hollywoodense. Marilyn, Deborah, Tiffany, Naomi, Michelle, Natalie. A las 8 en punto sale la primera y empieza la rotación. Antes del turno, la que quiera puede ir con el peinador a un cuartito aparte, y darse un retoque final en la melena. Eso, café y crema es todo lo que obtendrán de forma gratuita.

Supongo que debo decirlo: por qué estoy aquí. Es la fantasía de mi editora, que estará pensando en alternativas a largo plazo, o la de alguien que no soy yo. En mi fuero interno sé que yo sí soy Tío Chanchito en el parque de diversiones, aunque eso sería lo de menos, porque igual podría ser Tío Chanchito en el aeropuerto. ¿Aprender a desenroscarme del tubo como una constrictor mientras bailo y desprendo diminutos broches de mi carne descubierta? ¿Y sonreír? ¿Revolotear encantadoramente por el suelo como un cisne de los trópicos y remontar el vuelo sobre unos tacones infinitos? ¿Y no matarme? ¿Montar mi trasero en el regazo de un desconocido y preguntarle su nombre y, responda lo que responda, contestarle que qué divino? ¿Y no matarlo? ¿Podrían ellas, o cualquiera, escribir un reportaje con solo tres días de entrenamiento? Pues es igual. ¿O acaso el pilar que sostiene la verdadera fantasía de alguien que no soy yo es que todas las mujeres -por ser mujeres- podríamos hacer esto -ser esto- de buenas a primeras? Bailar, desnudarse y etcétera es un trabajo difícil. Todos los días hay nuevos jueces que, antes de equivocar el juicio, pagan por adelantado, que es la mejor opinión que pueden dar. Lógico. ¿O encima tendría que ser gratis? Para hacer algo un poco más decente necesitaría un poco más de tiempo y, claro, muchísimo más dinero pero, ya lo dije, solo tengo tres días.

 

Natalie no sonríe pero se arregla llena de gozo. Blanca, dura, achinada. Es una flor carnívora con remaches en las botas, remaches en la tanga, remaches en el torso y dos pezones agudos que brotan de la trama. Su pelo es un látigo de cuero negro que azota el piso cuando desemboca del tubo. Es, quizás, la única que hace su acto con una partitura heavy metal. Después de observarla un rato, la noche entera, sé que solo tengo dos opciones: puedo bailar o puedo ser Natalie. La primera opción es posible.

 

Me acompañan tres divinas personas: Naomi, Deborah y Tiffany. Trato de explicarles que mi futuro en la pista es cosa del pasado. Tanto movimiento en falso me dejó arrítmica de por vida, pero ellas me animan como si fueran viejas amigas del colegio. Sus carcajadas repican en el desierto: estamos solas en el escenario de atrás, el alterno, el que solo se abre cuando no cabe un alma.

Me calzo unos taconcillos anaranjados y una peluca verde: creo que tengo problemas con el concepto sensual. Mi desempeño en el tubo puede ser equiparado al de un bombero reumático. Me veo tan sexy como la maniobra de Heimlich. Probamos en el suelo. Mi elefantiasis escénica me convence de algo que ya sabía y me consuela: solo me quedan la literatura o el suicidio. Ni siquiera tengo el honor de una colega, que el otro día confesó abiertamente que tuvo su primer orgasmo en la escuela mientras jugueteaba con el asta de la bandera.

Naomi, Deborah y Tiffany humedecen su técnica con movimientos de cadera que se adelgazan etéreos cuando van poste arriba. Tratamos de hablar cuando alguna deja de reírse. Entiendo algo: algunas mujeres tendrían una relación más honesta con el dinero de los hombres si trabajaran aquí.

 

Hoy es otra noche y deambulo por el salón. Hay una cosa sentada al lado de otra. No se sabe si es hombre, mujer o Rod Stewart. Da lo mismo. Alcanzo la puerta de salida, donde un gringo escupe sus últimas palabras en la puerta de salida. Tuenti táusen dolars es lo único que alcanzo a entender. Sin embargo, el mesero asiente con gesto bilingüe y mira a la enorme rubia que está a punto de llevárselo al más allá. El gringo es gordo, flácido; lelo. Decir gringo gordo es una reiteración, pienso, mientras mi cerebro -ajeno a la traducción simultánea- no termina de digerir la cifra. Pero más temprano que tarde me cae la peseta. Por tuenti táusen dolars no solo soy capaz de transformarme en la rubia: soy capaz de convertirme en el gringo.

 

Otra noche esta a punto de empezar. Veo a las chicas y les doy las gracias. Ahora sé lo que me pasa. No fumo lo suficiente. No tomo lo suficiente. No cobro lo suficiente.


May 21, 2008

  • Después de 32 años de no visitar Estelí , en medio del camino encontré el circo Hermanos Silver. Un lugar donde las risas y diversión siguen estanto muy cerca de las tristezas de un país que cada día me recuerda de donde vienen mis sueños.

Cenada, Heredia 2008

Author: admin
May 21, 2008


Tren, San José 2007

Author: admin
May 21, 2008


Maryou, Jacó 2007

Author: admin
May 21, 2008

Mr Bob, San José 2007

Author: admin
May 21, 2008

May 21, 2008

  • Estas fotografías son un ejemplo de lo que puede pasar en dos minutos, cuando el paisaje se vuelve sordo.

Aury, San José 2007

Author: admin
May 21, 2008

  • Esto fué el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, hoy es el Parque Metropolitano La Sanaba y el único pulmón de la capital tica. En algún momento pensé retratar a una amable y amada mujer, solo dió tiempo para documentar y recordar el día que la ví por última vez.

May 21, 2008

  • Cuba se ha transformado ante mis ojos. Pasó de ser una isla paradisíaca del Caribe,  envuelta por los mitos del Che Guevera y Fidel Castro y su Revolución a una isla de carne y hueso, de cubanos que diariamente trabajan, se divierten, estudian, descansan con la incertidumbre del mañana.
  • La última vez que visité Cuba, en noviembre de 2006, recuerdo un microbús de lujo lleno de turistas que bordeaba el malecón  al caer la tarde….mientras a sus espaldas la frustación, los apagones y el racionamiento de combustible, comida, ropa, muebles, zapatos son los que dan la bienvenida a los extranjeros en que se aventuran a ver más más allá de las fachadas de la Habana Vieja.
  • Conozco a Letra. Ella es una mujer de 35 años, vive con sus dos hijos y su hermano en una espacio húmedo y oscuro.  Me invitan a tomar una cerveza. Conversan entre ellos y expresan su deseo de viajar  y poder conocer otros países. “¿Y cómo es su país?, hay trabajo?, tienen playas?, uno puede comprar su casa y se puede pasear? Preguntas que resuenan contra las paredes grises que transpiran humedad. Al final los que quedan mudos son ellos, que escuchan mis respuestas con la atención de aquel que nunca ha puesto un pie fuera de su país.  Mi mirada se topa con la cocina, el gas encendido. Me doy cuenta que desde hace tres horas estaba escapándose el gas y le comento lo peligroso de fumar con gas abierto. La respuesta corta y dura fue “no puedo apagarlo porque no tengo un fósforo para poder encenderlo” y ahí acabó mi capacidad de intercambiar pensamientos.
  • Los sueños no escapan al joven Ariel. Mientras otros cubanos tienen autos de último modelo y pueden costearse una cerveza en una salida a la discoteca, Ariel trabaja por $5 diarios y solo aspira a tener un carro y progresar junto a su familia. Un sueño capitalista en una sociedad que no lo es.
  • Por las noches los cabarets se llenan, de salsón y prostitutas. Por las mañanas, los turistas emigran hacia las playas, que parecen un Cancún. Mientras tanto, sus habitantes quedan a la puerta del intento de seguir esperando la fecha en que todo cambie y suceda lo que siempre han escuchado, con todo el riesgo que trae una realidad desconocida pero tan deseada.

 


NY, 2000

Author: chinocr
May 21, 2008

May 21, 2008


May 21, 2008

May 21, 2008

  • En San José, cada día nacen nuevos centros comerciales, gigantescos Malls, dejando en el camino a pequeños obreros con sus oficios a la deriva, Don Ramiro, el sastre es una especie de raza humana que se resiste a desaparecer.

Romería, Cartago 1997

Author: admin
May 21, 2008


May 21, 2008